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Iberoamerikanisches-Berlin :: 9 de noviembre de 1989 -20 años y una noche inolvidable-


3 de Septiembre de 2010

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9 de noviembre de 1989 -20 años y una noche inolvidable-

Cultura

Esta inefable ciudad de Berlín conmemora el 9 de noviembre de 2009 el vigésimo aniversario de la caída del Muro, esa división física que separó padres e hijos, hermanos, amigos, enemigos, durante 28 largos años, y que fue ejemplo dramático del siempre absurdo intento de los totalitarismos de aislar a sus pueblos de las ideas de democracia y libertad. En aquella típica noche de noviembre de 1989, neblinosa y fría, la "Revolución pacífica" alcanzó su punto culminante cuando se levantaron las barreras y las multitudes que se agolpaban en los puestos fronterizos pudieron pasar, entre llantos, abrazos y saludos de bienvenida, hacia ese otro lado que se les había negado sistemáticamente y que representaba al enemigo odiado y temido, al sistema perverso y a la degradación política, pero que era también el hogar de sus hermanos y su propia patria.

Cuando, en agosto de 1961, a pesar de la rotunda desmentida de los jerarcas políticos de ese momento, se comenzó, entre gallos y medianoche, la erección de una inmensa pared que separaría la ciudad, el país, dos mundos y dos sistemas, Berlín aún resurgía laboriosamente de las ruinas en las que había sido sepultada tras las batallas finales de la Segunda Guerra Mundial. La situación para la República Democrática Alemana, nacida para institucionalizar la situación y como contrapartida a la creación de la República Federal de Alemania, se estaba tornando dramática en lo económico y lo político. Se asistía a una "fuga de cerebros". La gente con mayor preparación profesional y laboral encontraba empleo en Berlín Occidental y en zonas fronterizas; y, o bien directamente se asentaban en esos sectores, o mantenían su vivienda en Alemania Oriental (porque les resultaba muchísimo más conveniente), restando así cada vez más potencial de trabajo calificado. Entre 1949 y 1961 se estima que abandonaron el sector oriental 1,6 millones de personas.

Además, sobre todo después de la implantación de la nueva moneda en la República Federal (año 1948, con el Deutsche Mark) la ingerencia política occidental en Alemania Oriental era creciente. Con la llamada "guerra fría" ya instalada a nivel internacional, la ciudad se convirtió en el centro avanzado de las operaciones de espionaje y contraespionaje: los aliados tenían ojos y oídos en el corazón del bloque oriental, mientras el espionaje de los servicios de la RDA y los soviéticos se infiltraban en todos los estamentos posibles y hasta con agentes ocultos que podían ser llamados a actuar en cualquier momento (los "durmientes").

El Muro se edificó sobre la línea de demarcación entre los sectores oriental y occidental, cerrando las posibilidades de transitar entre los puestos de control en ambos lados de la ciudad que hasta ese momento existían. La imposibilidad de controlar todos los vehículos que pasaban las líneas de demarcación era notoria, y a ello se asociaba el tránsito con el metro (U-Bahn), los tramos ferroviarios y los autobuses, imposibles de controlar. Al concretarse finalmente la erección del Muro, los puntos de control se redujeron drásticamente.

A lo largo de ese Muro (en realidad, dos construcciones paralelas) se creó una zona yerma de alta seguridad de 100 metros de ancho, derribando todas las construcciones que allí existían (muchas de ellas en desastroso estado tras la guerra pues no se habían dispuesto fondos para arreglarlas), por donde se desplazaban las patrullas y se instalaron las torres de control, alambrados de púas, alarmas, perros centinelas y armas automáticas.

El Muro, al que la República Democrática Alemana (DDR) llamó eufemísticamente "Muro de protección antifascista", no sólo se proyectó para impedir el cruze de un sector a otro: fue también la demarcación entre dos sistemas económicos diametralmente opuestos. Ante la imposibilidad de revertir este estado de cosas, la única alternativa que un estado totalitario podía implantar era convertir su territorio en penal de máxima seguridad. La otra posibilidad, un estado libre y democrático, era una alternativa lisa y llanamente impensable.

Las cuatro zonas de ocupación entre Rusia, Estados Unidos, Inglaterra y Francia, botín de guerra entre los antiguos aliados devenidos acérrimos enemigos, habían sido pactadas en el llamado "Contrato de Potsdam" tras la capitulación en 1945 del gobierno nacionalsocialista. En lo referido a la ciudad de Berlín, ese reparto, a su vez, dividía en dos bloques a la antigua capital: el sector Este (el mayor, correspondiendo a la Unión Soviética) y el sector Oeste (a cargo de Estados Unidos en los distritos del sur, Inglaterra en los del medio y al norte, Francia). Esos sectores respondían administrativamente a las autoridades militares de cada país, y se desarrollaban labores en conjunto pero en cada uno de ellosr el mantenimiento del orden y la vigilancia de la población civil respondían a las órdenes de cada comandante militar.








Recuerdos de entonces

En Berlín Occidental era cosa de cada día ver las patrullas con soldados estadounidenses, británicos o franceses a bordo de sus vehículos blindados, y todos recordamos de aquellos tiempos el obligado paseo diario de inspección de los helicópteros sobrevolando la zona del trazado del Muro.

Las tropas de ocupación llegaron con sus equipos militares, con sus soldados, y éstos trajeron a sus familias. De esa forma, Berlín Occidental se convirtió en una ciudad que convivió durante todo ese tiempo con miles de franceses, de estadounidenses, de ingleses, quienes a pesar de mantener su propio estilo de vida y contar para sus necesidades con servicios de aprovisionamiento, de salud, de educación, participaron en actividades de todo tipo en la ciudad. Aunque muchas veces el factor idiomático fue una barrera, berlineses y "ocupantes" congeniaron muy bien y se establecieron excelentes relaciones comerciales, laborales -muchos encontraron sus fuentes de trabajo con los aliados-, de amistad y hasta sentimentales.

En cada sector se disponía de un aeropuerto propio para las actividades militares (Tempelhof para los estadounidenses –aeropuerto legendario de Berlín, cerrado definitivamente hace poco más de un año- , Gatow -actual base aeronática- para los británicos y Tegel para los franceses : este último, a principios de los años 70, fue cedido en su casi totalidad a las autoridades alemanas para construir el actual aeropuerto de la ciudad). En ellos se desarrollaban anualmente actividades a las que la población civil era invitada a participar, y entre ellas estaba el ya antológico "Día de las puertas abiertas" en el aeropuerto de Tempelhof, donde no sólo se exhibían equipos y enormes aeronaves de transporte del tipo Galaxy, sino que se tenía oportunidad de hacer un vuelo de bautismo en helicóptero, ver demostraciones de acrobacia aérea y, en especial los niños, saborear auténticos hot-dogs, choclos asados o helados interminables.

Eran también clásicos en aquellos días los desfiles militares, en especial el Desfile de la Victoria, en mayo, donde las tropas aliadas con jeeps, carros de asalto, tanques y uniformes de gala desfilaban por la avenida 17 de Junio. También se llevaban a cabo ceremonias como la de "Trooping the colour" en homenaje a la reina de Inglaterra, que en una de sus ocasiones, a principios de los 80, contó con la participación de la propia soberana y del príncipe Felipe, y que en otra ocasión fue comandada por el príncipe heredero Carlos.

Quienes habitaban especialmente las zonas próximas al Muro, tenían la oportunidad de ver salir diariamente en viajes de inspección hacia el sector oeste a efectivos soviéticos que se desplazaban en tres inefables vehículos grises que no se separaban el uno del otro. El uso de las llamadas "rutas Transit", las únicas tres que constituían el cordón umbilical que unía Berlín Occidental con el territorio de la República Federal, era el ejercicio de paciencia al que se veía obligado cada conductor al tener que pasar los ineludibles controles, los muchos carteles de tránsito con una lógica indefinible pero que aumentaban el promedio de multas , el férreo control de velocidad, el estado del pavimento, los servicios sanitarios y de gastronomía a lo largo de las rutas; las visitas a Berlín Oriental, el cambio obligatorio de dinero, las propias experiencias que cada uno de nosotros vivimos en aquellos tiempos, todo eso ya constituye un recuerdo anecdótico para las generaciones de mediana edad.

Es posible que sólo el humor tan especial de los berlineses haya logrado hacerles tolerable el drama social y político que la crueldad del Muro les impuso durante 28 años.

Berlín actual

La ciudad recibe diariamente a cientos de visitantes de todos los rincones del mundo: Berlín está de moda. Según un reciente informe, se ha constituido en la capital europea con mayor afluencia turística, sobrepasando a Londres, París o Roma. Una ciudad que siempre, en toda su historia, se destacó por su particular forma de enfrentar los problemas y que fue escenario de acontecimientos que conmovieron al mundo, ha experimentado en estos últimos veinte años, desde el ya lejano 9 de noviembre de 1989, un excepcional cambio, y esta vez para bien. Por supuesto, Berlín no está exenta de los problemas que todavía subsisten tras la reunificación, e incluso de los que llegaron asociados a la crisis económica mundial y que han golpeado especialmente a los “nuevos estados alemanes”, los que formaban la antigua DDR: hay mayor paro laboral, los salarios siguen desnivelados, las infrastructuras –a pesar del vertiginoso empuje recibido- siguen marcando diferencias, pero fundamentalmente las barreras todavía siguen vivas en algunos sectores, pequeños por fortuna, que no aceptan la realidad no sólo de la reunificación, sino de la muerte de un sistema político, económico y social que no funcionó.

Berlín se ha vuelto aún más cosmopolita, más abierta, más libre; es el sitio donde mejor se aprecia que la integración es posible. Es la bisagra entre Europa occidental y Europa oriental. Justamente esas características fueron las tenidas en cuenta el mes pasado, cuando la ciudad recibió el premio Príncipe de Asturias de la Concordia, un justo reconocimiento a una urbe que es el hogar de personas de todas las nacionalidades y culturas.


Publicado lun 09 noviembre 2009 01:45 +0100

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