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Chasquinet Temas: Ulrich Schmidl Primer cronista Río de la Plata Relatos de la conquista


9 de Septiembre de 2010

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Temas

    Ulrich Schmidl

    Primer cronista del Río de la Plata
    Dora Stürber
Desde 1492, tras la llegada de Cristóbal Colón, el largo dominio español en América “hecho a tiros de arcabuz, golpes de espada y soplos de peste” por “implacables y escasos conquistadores” (1), brindó ocasión a muchos cronistas y testigos de la época para ir enhebrando historias y relatos que han perdurado hasta nuestros días. La mayoría de esas crónicas fueron escritas por clérigos, hombres que condujeron sus relatos por el cauce de sus principios religiosos y los de la política imperial vigente. Pero hay otros que fueron escritos por simples soldados o aventureros que formaron la masa anónima que dio vida y cuerpo a la gran empresa que fue la Conquista.

Entre estos últimos, destaca el nombre del alemán Ulrich (Ute-Utz-Ulrico)- Schmidl (también Schmiedel o Schmidel para algunos autores) cuya obra “Reise nach Süd-Amerika in den Jahren 1534 bis 1554”, publicada en Frankfurt en 1567, ha pasado a ser una de las más curiosas en la historia documental de la Conquista española.

También conocida como “Wahrhaftige Historien einer wunderbaren Schiffahrt”, fue publicada en Argentina como “Relatos de la conquista del Río de la Plata y Paraguay 1534-1554”, o simplemente también como “Viaje al Río de la Plata” (2), o “Derrotero y viaje a España y las Indias” (3). Hay varias otras ediciones publicadas en Latinoamérica y España.
Portada de la primera edición de la "Vera Historia" en forma de libro, publicada en 1602 en Nüremberg por Levinus Hulsius.

La primera edición publicada en alemán en Frankfurt en 1567, es comúnmente citada en la bibliografía como Schmidl Reisebuch (diario de viaje). No era un hombre de letras, y no se conoce ninguna otra obra suya, pero a pesar de todo logró que el relato de un alemán se destaque como uno de los mejores trabajos sobre la conquista española en el Río de la Plata. Su trabajo, además, tiene el mérito de no caracterizarse por ningún color político o religioso, ya que en su condición de mercenario extranjero no estaba influenciado por predeterminados esquemas.

La impresión de esa primera edición de su libro debía ser realzada y complementada con ilustraciones; para llevarlas a cabo, se encargó al holandés Levino Hulsius (o Levinus Hulsis, en su acepción latinizada), notario de la Corona, escritor, librero-editor y negociante de instrumentos, su confección. Hulsius dio a sus trabajos un óptica propia pero basándose fielmente en los textos originales de Schmidl.

1) Eduardo Galeano: Las venas abiertas de América Latina, Edic. Siglo XXI, Madrid.
2) Prólogo, traducción y anotaciones de Samuel Lafone Quevedo; notas bibliográficas y biográficas del Gral. Bartolomé Mitre. Buenos Aires, Cabaut y Cia., 1903.
3) Traduccción de Edmundo Wernicke. Prólogo de Josué Gollán H., Santa Fe, 1938.



El primer cronista del Río de la Plata
Ulrich Schmidl nació en Straubing, una localidad a orillas del Danubio, en Baviera, aproximadamente en 1510. El 24 de agosto de 1534 partió hacia las Indias en una de las catorce naves de la flota que comandaba el Primer Adelantado don Pedro de Mendoza. Esa expedición tenía fines muy precisos, pero a la vez, estaba basada en vaguedades, como que se proponía explorar el Río de la Plata -así bautizado expresamente- como forma de llegar a la fabulosa Sierra de Plata.

Entre sus capitanes figuraban algunos con insignias de órdenes militares que habían ya acompañado a Mendoza en otra aventura, como Juan de Ayolas o Domingo Martínez de Irala.

La expedición de 1534 estaba integrada por dos mil quinientos españoles y ciento cincuenta alemanes. Llevaban además setenta y dos caballos y yeguas, que fueron los primeros ejemplares de ganado equino que llegaron al Río de la Plata. Esos caballos fueron también los primeros que sufrieron el acoso de los indios querandíes y sus temibles y eficaces “boleadoras”, armas indígenas que Schmidl describe como “gruesos cordeles que llevaban una piedra atada a un extremo y que lanzaban con gran pericia a las patas de los caballos, consiguiendo derribarlos”. El trayecto hasta las actuales costas del Brasil les demandó dos meses.

Ulrich Schmidl en su atuendo de Landsknecht, a caballo y rodeado de figuras alegóricas
Arribaron a la costa oriental del Río de la Plata el 6 de enero de 1535; allí encontraron una importante población indígena (charrúas) de más de dos mil hombres adultos, que huyeron tierra adentro, asustados ante la presencia de los conquistadores. No obstante, éstos decidieron reembarcar y cruzar el río y allí, el 3 de febrero de 1535, Schmidl participó de lo que se conocería en la historia como la primera fundación de Buenos Aires: el poblado allí levantado a orillas del Río de la Plata recibió entonces el nombre de Santa María del Buen Aire. En un pasaje de su libro, “La admirable navegación realizada por el Nuevo Mundo entre Brasil y el Río de la Plata entre los años 1534 al 1554”, aparece por primera vez el nombre de la ciudad, escrito en fonética, “Wonass Eiress”: se trataba en realidad de un rústico conjunto de chozas con paredes de barro y techo de palmas, rodeadas por empalizadas de protección. Contaba con una “casa fuerte” para la vivienda del Adelantado, una cien habitaciones que daban cobijo a los soldados y una iglesia. Las empalizadas -según el relato de Schmidl, de “la altura de un hombre con una espada en la mano”, eran absolutamente necesarias pues los indígenas del lugar, los querandíes, una nación nómada de aproximadamente 3000 hombres, (...“no tienen paradero propio y vagan por la comarca, al igual que lo hacen los gitanos en nuestro país...”) si bien al principio amistosos, se fueron convirtiendo en un peligro constante, en buena parte provocado por el comportamiento hostil de los españoles (cuenta Schmidl que los indígenas los habían estado aprovisionando durante catorce días seguidos con alimentos: “compartieron con nosotros su escasez de carne y pescado”, y solamente un día dejaron de hacerlo; Mendoza envió un oficial y dos soldados al campamento indígena y “los soldados se condujeron de tal modo que los indios los molieron a palos y después los dejaron volver al poblado”. Como represalia, Pedro de Mendoza envió a más de trescientos soldados, treinta de ellos con sus caballos, bien pertrechados, que se enfrentaron con unos cuatro mil indios “porque ya habían convocado a sus amigos”, que se defendieron de tal manera que les dieron “bastante que hacer”, matando a flechazos al oficial que estaba al mando y a otros veintiseis españoles, pero “del lado de los indios murieron como mil hombres, más bien más que menos”.
En sus crónicas, fue testigo de la defensa que los pueblos aborígenes hicieron de sus tierras ante la ofensiva de los europeos. Schmidl narra cómo la situación se fue paulatinamente agravando: no tenían qué comer y “no bastaron ni ratas ni ratones, víboras ni otras sabandijas; hasta los zapatos y cueros, todo tuvo que ser comido. Sucedió que tres españoles robaron un caballo y se lo comieron a escondidas; y así que esto se supo, se les prendió y se les dio tormento para que confesaran. Entonces se pronunció la sentencia de que se ajusticiara a los tres españoles y se los colgara de una horca. Así se cumplió y se les ahorcó. Ni bien se los había ajusticiado, y se hizo la noche y cada uno se fue a su casa, algunos otros españoles cortaron los muslos y otros pedazos del cuerpo de los ahorcados , se los llevaron a sus casas y allí se los comieron. También ocurrió entonces que un español se comió a su propio hermano que había muerto. Esto sucedió en el año de 1535, en el día de Corpus Christi, en la referida ciudad de Buenos Aires”.

Tres meses después de esos sucesos, unos veintitrés mil indios querandíes, guaraníes, charrúas y chanatimbús arrasaron la población, quemando con flechas incendiarias las chozas, así como cuatro grandes naves ancladas a media legua de distancia. Ese asalto indígena al poblado no terminó con la vida de los europeos porque los atacantes, al ser repelidos con el fuego de los cañones de los barcos anclados a unos centenares de metros de la costa, huyeron despavoridos.

Con cuatrocientos hombres, entre ellos Schmidl, dejando ciento sesenta en cuatro buques fondeados frente a Buenos Aires con provisiones para un año (y esos eran todos los hombres que quedaban de los más de dos mil quinientos salidos de Sevilla), los expedicionarios comenzaron a remontar el río Paraná en busca de víveres y con la esperanza de llegar a la Sierra de Plata, una ambición que las penurias no lograban desvanecer.

Así, relata Schmidl sus encuentros con los diferentes pueblos indígenas en un lenguaje descolorido y monótono, pero ilustrativo y sumamente interesante por tratarse de las primeras crónicas levantadas por un europeo en esas regiones. Por ejemplo, de los timbús cuenta que “llevan en ambos lados de la nariz una estrellita, hecha de una piedra blanca y azul, y son gente de cuerpo grande y fornido. Las mujeres son horribles y, tanto jóvenes como viejas, tienen la parte baja de la cara llena de rasguños azules...no comen otra cosa que carne o pescado: en toda su vida no han comido otra comida... Se calcula que son como quince mil hombres, más bien más que menos... Tienen canoas, iguales a esas que allá en Alemania se llaman barquitos y usan los pescadores...”

Escena con indios timbús
De los corondá , escribe que “también tienen dos estrellitas a ambos lados de la nariz; son personas garbosas y las mujeres feas, con arañazos azulados en la cara, tanto jóvenes como viejas, y tapan las vergüenzas con un trapo de algodón...compartieron con nosotros su escasez de carne y pescado y cueros y otras cosas más; nosotros también del mismo modo les dimos cuentas de vidrio, rosarios, espejos, peines, cuchillos y otras cosas...”

A los chaná-salvajes los describe “como bajos y gruesos, y no tienen más comida que carne, pescado y miel. Las mujeres llevan sus vergüenzas al aire: todos, hombres y mujeres, andan completamente desnudos, tal como Dios Todopoderoso los ha puesto en el mundo...es una gente igual que los salteadores de caminos que hay en Alemania: roban y asaltan y luego vuelven a su guarida...”

También relata el comportamiento de los españoles, como con los mapenis, que “tienen más canoas que cualquier otra nación...nos recibieron belicosamente -había en el río más de quinientas canoas- pero dichos mapenis no consiguieron gran cosa y con nuestros arcabuces herimos y dimos muerte a muchos, pues nunca habían visto antes ni cristianos ni arcabuces y tuvieron gran espanto. Cuando llegamos a su aldea, no pudimos tomarles nada...y solamente encontramos doscientas cincuenta canoas, que quemamos y destrozamos totalmente...”

O con respecto a la sublevación de un cacique cario que buscaba venganza por la muerte de su hermano:“asaltamos la aldea y entramos en ella y matamos cuantos encontramos y cautivamos muchas de sus mujeres...hubo dieciséis muertos entre nuestra gente y muchos heridos...pero nada ganaron los otros, pues murieron como tres mil de entre esos caníbales...”.
Con los carios o guaraníes, por supuesto, se detiene largamente, ya que éstos ocupaban un enorme territorio (“...creo que abarcan más de trescientas leguas a la redonda...”) y ya eran agricultores (maíz, batatas, mandioca, maní y otros cereales). De ellos cuenta: “los carios habían comido carne humana cuando llegamos a ellos: cómo la comen, lo sabréis enseguida. Cuando estos carios hacen la guerra contra sus enemigos, entoces ceban a los prisioneros, sea hombre o mujer, sea joven o viejo, o sea niño, como se ceba un cerdo en Alemania; pero si la mujer es algo hermosa, la guardan durante uno a tres años. Cuando ya están cansados de ella, entonces la matan y la comen, y hacen una gran fiesta, como un banquete de casamiento allá en Alemania; si es un hombre viejo o una mujer vieja, se los hace trabajar, a aquél en la tierra y a ésta en preparar la comida para su amo”.

Con esos indígenas llegaron a convivir en paz, y les hicieron construir una especie de fortín (“casafuerte de piedra y tierra, reforzada con palos”) que quedó terminado el día de Nuestra Señora de la Asunción , en el año 1539, y de allí el nombre que recibió la población.

Finalmente, lograron acercarse a la zona de la tan ansiada Sierra de Plata; cuando ya habían caminado -o se habían arrastrado- 372 leguas desde Asunción, cruzando los territorios que más tarde recibirían el nombre de Chaco, con una vegetación hostil y donde la gran parte del año el agua desaparece por completo, encontraron allí, con enorme sorpresa, un grupo de indios que hablaban español y respondían a un capitán llamado Campo Redondo. También vivieron la gran desilusión, pues recibieron la tajante orden del representante del rey en Perú (un clérigo, Pedro la Gasca, quien acababa de aplastar la rebelión de Gonzalo Pizarro) de no proseguir la marcha, bajo pena de muerte. También se enteraron que otros españoles, por la ruta del Mar del Sur, habían hallado un riquísimo imperio con una abundancia inverosímil de oro y plata -y no tribus donde los indígenas no tenían qué comer-, con verdaderas ciudades -y no míseras chozas-; habían llegado a Potosí, a los pies de un cerro que parecía íntegramente de metal. Ese destino habían tenido los españoles del Perú, mientras que a ellos les tocó pasar hambrunas e interminables caminatas entre ciénagas y lodazales, con la muerte esperándolos a cada paso.

Y así, estando a pocas jornadas de la Sierra y teniendo la evidencia de que no habían perseguido un mito, debieron emprender el regreso.
Ese regreso les demandó un año y medio, derrotados y ya sin ninguna esperanza. Esos soldados no habían ido a cristianizar un continente, ni a conquistar tierras para su monarca: ellos sólo deseaban hacerse ricos , y ya no podrían serlo.

Ulrich Schmidl murió aproximadamente a los setenta años, entre 1580 y 1581, en Regensburg, Alemania, su tierra natal, siendo hasta el fin de sus días un respetado y admirado ciudadano, rico además por herencia, que pasó por tres sucesivos matrimonios.
Estudios recientes

Ulrich Schmidl, el único cronista de la primera fundación de Buenos Aires y de la conquista española del Paraguay, no fue bien tratado por algunos autores. El menosprecio de algunos de ellos se debe, en parte, a su último traductor, Edmund Wernicke, quien lo presentó como un ignorante, ingenuo y, por lo tanto, poco digno de confianza. Sin embargo, en 1567, Schmidl escribió sus originales en un alemán correcto, legible hoy en día a pesar de sus arcaísmos, y no en el dialecto de su Baviera natal. Inclusive demostraba un perfecto conocimiento del latín. Si bien en sus veinte años de andanzas por el Nuevo Mundo no había aprendido casi nada de español, tenía nociones de francés e italiano.

Un autor titula a Schmiedel de “fantaseador lansquenete de la expedición de Mendoza“, argumentando que la cifra de 30.000 indígenas dadas al describir un ataque al poblado de Buenos Aires es muy poco creíble, ya que “por innumerables referencias...no se alcanzan índices que permitan atribuir mayor importancia numérica en ninguna época, a la población indígena de la zona fluvial del futuro territorio argentino.” ( 4 )

Tampoco había salido de su tierra natal empujado por la pobreza, sino por el afán de aventuras, ya que su familia contaba con medios económicos importantes; su padre, varias veces alcalde de su ciudad, había dejado al morir una considerable fortuna.

A su vuelta a Europa, fue recibido en Sevilla por consejeros del Rey de España, a quienes entregó una carta con un informe personal de su superior en las Indias, el capitán general Domingo Martínez de Irala. Además, el hecho de haber vuelto a Europa requerido por su hermano para administrar algunos bienes familiares, han dado pie a la presunción de algunos autores de que el “pobre arcabucero” era en realidad un agente de la rica familia Welser, quienes participaban con sus barcos, mercaderías y con 150 hombres –“alto-alemanes, neerlandeses y austríacos o sajones”- en la expedición al Río de la Plata del primer adelantado don Pedro de Mendoza. Los Welser, entonces una de las casas más poderosas de Europa, eran banqueros, prestamistas y financistas de reyes y dinastías, inclusive la española.
A pesar de los críticos, es un hecho que Schmidl escribió sus memorias con tal precisión que asombran. Algunos estudios recientes (Vicente Pistilli, "La cronología de Ulrich Schmidl", Asunción, 1980) afirman que Schmidl se basó en cartas recibidas por su familia durante esos veinte años pasados en las Indias, ya que existía en ese entonces la posibilidad de enviar, si no regular al menos ocasionalmente, mensajes a Europa. Con respecto a las distancias dadas por Schmidl, para Pistelli son correctísimas, pues afirma que las “Meile” de las que habla Schmidl son las leguas de posta, también llamadas francesas, de 4 km. Y por último, la duda más importante sobre Schmidl y su relato: las fechas que figuran allí son aparentemente incorrectas, empezando por el año en que partió desde España la expedición de Mendoza. Aquí Pistilli afirma que antes de 1582 se utilizaba el calendario juliano; lo que a menudo se ignora es que había en uso varios calendarios julianos, los que variaban en el cómputo de su punto de partida. El oficial comenzaba el 1°de enero del año en que, el 25 de diciembre, Cristo había nacido, según la tradición. Otro arrancaba desde ese mismo 25 de diciembre, vale decir, 358 días más tarde. Y es esto exactamente lo que sucede con las fechas dadas por Schmidl: agregándoles 358 días se encuentra que los mismos acontecimientos coinciden con el calendario oficial español utilizado en los comienzos de la Conquista.

4) Julio V. González: Historia Argentina, Tomo 1: La era colonial. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1957.



En el Epílogo, escribe Schmidl:
“... en este tiempo que anduve entre las naciones de indios, sufrí y padecí no pocos peligros para el cuerpo y la vida, grandes hambres, miserias, aflicciones y angustias, como se contiene en esta relación histórica. A Dios Todopoderoso sea loor, honor y gracias que me ayudó a volver felizmente al lugar de donde había salido veinte años atrás.”

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