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3 de Septiembre de 2010

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Cono Sur

    La guerra de Malvinas

    25 años de una tragedia
    Dora Stürber
Era ya una larga historia, nada menos que 149 años venía insistiendo Argentina en su legítima reclamación por sus derechos sobre Malvinas. Lo había hecho desde 1833, cuando Inglaterra, fiel a su inefable política y siempre constante en pos de sus intereses, ocupó las islas. Pero repentinamente, a fines de marzo de 1982, cuando se acercaba el temible invierno austral en el Atlántico Sur, el grupo de militares trasnochados que gobernaba Argentina en esos momentos tomó la decisión etílica de lanzarse a la aventura insólita, incomprensible, incoherente, irresponsable, de invadir Malvinas y hasta de creer, ingenuamente, que un país guerrero como Inglaterra y su entonces temperamental primera ministro iban a dar la espalda a la situación.

En lo que sí estuvieron acertados los señores de la Junta argentina fue en la elección de Malvinas como tema aglutinante del fervor ciudadano. Y lo consiguieron. Con ayuda de un poderoso aparato de propaganda, el pueblo argentino olvidó de un plumazo sus malas relaciones con el gobierno y se brindó como nunca lo había hecho antes a la causa militar.

Malvinas eran y siguen siendo para Argentina mucho más que unas islas desoladas perdidas en el inconmensurable Atlántico Sur. Malvinas son una convicción, una espina clavada en el corazón de la sociedad, una herida que no cierra.

Durante casi un siglo y medio los sucesivos gobiernos argentinos habían estado practicando buenas medidas diplomáticas con respecto al eterno reclamo por las islas, con mesura, formal y pacíficamente; se iba ganando terreno poco a poco, con calma pero seguramente. En los últimos tiempos previos a 1982, ya existían servicios aéreos regulares a las islas; se les había construído una pista de aterrizaje; se evacuaban a los pacientes necesitados de especiales servicios médicos a los hospitales del sur argentino; algunos isleños concurrían a Universidades argentinas; había barcos mensuales de abastecimiento. Se los iba ganando poco a poco, habida cuenta que el gobierno inglés no les prestaba especial atención, que eran ciudadanos de segunda, que Londres estaba muy lejos y Argentina muy cerca, que las condiciones económicas eran muy precarias y sin incentivos.

Pero repentinamente ese panorama cambió por una terrible e irreflexiva decisión, y ante la previsible reacción inglesa se involucró al país en una guerra dispar contra una potencia militar que a la vez, recibió apoyo de las otras grandes potencias, sus aliados históricos y estratégicos de siempre. Nada de eso era de buen augurio para Argentina.



Islas Malvinas
Vale la pena repasar suscintamente lo ocurrido; en 1833, Inglaterra, coherente con su política de predominio de los mares, tomó posesión de las islas denominadas por ellos Falkland, estratégicamente ubicadas en el Atlántico sur, desalojando una pequeña misión argentina. Las causas y planteamientos políticos de entonces y de ahora son temas para otra nota. Argentina desde entonces sostuvo que las islas estaban ocupadas por una potencia invasora y legalmente las incluye, con su nombre castellano, Malvinas, como parte de su provincia más austral, la de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur. Regular y sistemáticamente se hacían pedidos y reclamaciones ante los sucesivos gobiernos ingleses, organismos y tribunales internacionales y se implementaron diferentes políticas con mayor o menor resultado para tratar la situación y discutir la forma de llegar a un acuerdo. Pocos años antes del conflicto de 1982, se vislumbraban indicios de que Inglaterra estaba considerando “quitarse de encima” unos territorios que les provocaban gastos y complicaciones administrativas y que ni siquiera les representaba ya un valor estratégico desde el punto de vista militar.

En este estado de cosas resuelve la oscura Junta argentina de turno, con el extraviado general Leopoldo F. Galtieri a la cabeza, implementar una operación comando para ocupar las islas, desplazando al mínimo destacamento inglés allí apostado. Era un golpe certero para desplazar la atención política de un país que ya estaba harto de la dictadura: mostrar un enorme acierto político y militar y congraciarse con el pueblo entregándole en bandeja de plata el preciado trofeo de las islas, un anhelo legítimo de todos los argentinos.

Hubo algunos incidentes previos los últimos días de marzo en varias islas del Atlántico Sur (Georgias, Sandwich), que fueron ocupadas por Argentina (donde participó, y en forma nada honorable, el luego tristemente célebre Capitán Alfredo Astiz, un torturador carilindo conocido como "El ángel rubio"). El día 2 de abril a la madrugada, tropas argentinas desembarcaron y ocuparon posiciones en Puerto Stanley, la capital, luego de escasos incidentes con los marines británicos que fueron sorprendidos por el ataque y superados por el número de invasores. Ante estos hechos, el gobernador rindió y entregó Malvinas a las tropas argentinas, que rápidamente tomaron medidas como cambiar el nombre a la ciudad, que pasó a llamarse Puerto Argentino, colocar carteles en castellano o cambiar el sentido de circulación de vehículos.

En Gran Bretaña, horas después, la gente se despierta con el shock de ver fotografías en los diarios que muestran a soldados tercermundistas apuntando a sus impecables marines tendidos en el suelo barroso de unas islas remotas de las que la mayoría de ellos desconocía su existencia. Y mientras Argentina bulle de patriotismo y pierde la noción de lo que puede pasar en el futuro inmediato, el pueblo inglés descubre a su vez que hay un trocito de tierra en el Atlántico Sur que les han quitado y se sienten deshonrados: sus sentimientos patrióticos también se disparan.

Inglaterra, bajo el mando de su primera ministro Margaret Thatcher, entonces vapuleada por sus tajantes e impopulares medidas económicas del más puro corte neoliberal, comenzó su ofensiva diplomática. Se rompieron las relaciones entre ambos países: Suiza representó desde entonces a los británicos en Argentina, Perú a Argentina en Gran Bretaña.

En el frenesí diplomático internacional que se originó en ese mes de abril, donde el mundo no atinaba a entender cómo una potencia como Inglaterra podía ser enfrentada de esa forma, la entonces Unión Soviética lucía felicísima de ver a dos países occidentales, ambos de derecha, trenzarse por unas islas ignotas. Estados Unidos, gobernado por Ronald Reagan, intentó primeramente desligarse, manteniendo una imposible neutralidad: era miembro de la NATO, pero a la vez firmante del Tratado Interamericano de Defensa Recíproca, TIAR, que lo obligaba a defender a Argentina. Como primera medida, envió de aquí para allá en una misión imposible a su secretario de Estado, el Gral. Haig, para terminar en lo previsible, apoyando a su tradicional aliado histórico y en la NATO: al dar la espalda a un país americano, desconoció el TIAR, con lo que ese convenio quedó herido de muerte. Volvió a actualizarse así el tema de los conflictos anticoloniales.

Los países sudamericanos -Cuba tomó abierto partido por la Junta de derecha argentina, y muy especialmente Perú, que inclusive aportó material militar- apoyaron a Argentina, con excepción de Chile que, gobernada por Pinochet, mantenía con Argentina una larga serie de conflictos limítrofes y había estado al mismo borde de la guerra en 1978. Inglaterra, con el enorme apoyo diplomático con que contaba más los medios de información estratégica aportados por Estados Unidos y sus aliados de la NATO, se lanzó a la guerra en el Atlántico Sur con todo su poderío, una guerra por lo demás nunca declarada.

Las imágenes televisivas de la armada inglesa, la Task Force, partiendo en su viaje justiciero hacia el confín del mundo en el Atlántico Sur, conmovieron a Europa y América, pero se subestimaron muchos factores que les resultarían trágicos.

Argentina y su proximidad con Malvinas
SUPERIORIDAD BRITÁNICA
La impresionante flota que comenzó a llegar a esos mares batidos por las olas y el frío del comienzo del invierno austral, era abrumadora, y se encontró con un clima imposible, con vientos de 200 km por hora, olas de fuerza 11, con el barómetro llegando a rozar los 965milibares.

La lejanía de Malvinas, perdidas en el mar austral, fueron un quebradero de cabeza para Gran Bretaña. Ejemplo de ello era que sus bombarderos nucleares Avro Vulcan , partiendo de la base de la isla de Ascensión, en el medio del Atlántico, debían ser repostados en vuelo varias veces, y a la vez, debían hacerlo también con sus aviones de reaprovisionamiento. En total, con cada dos aviones Avro que llegaban a Malvinas, habían sido hechos nada menos que once operaciones de reaprovisionamiento.

Y comenzó la guerra; primero se peleó por las islas Sandwich y Georgias del Sur, que con escasos combatientes argentinos fueron recuperadas rápidamente por Inglaterra; no obstante, hubo bajas y pérdida de material para ellos en unas operaciones que, si bien trágicas, llegarían a niveles grotescos: una súper flota, la tercera del mundo, en pos de un submarino -el ARA Santa Fe- anticuado (construido durante la II Guerra Mundial), en mal estado (la última vez que había estado en dique seco había sido en 1960), que sólo podía navegar en superficie o semisumergido y al que, no obstante, no lograron hundir y logró eludir el acoso del moderno submarino atómico Conqueror, refugiándose en el puerto de Grytviken, en las islas Georgias, donde quedó varado para siempre.

Fue el primer ejemplo de la disparidad de esta guerra: un helicóptero lanzó hacia el ARA Santa Fe dos misiles que impactaron en la torreta pero, como durante la modificación de 1960 se había reconstruido en materiales plásticos, que eran más livianos, no ofreció suficiente resistencia como para que se activara su espoleta y los misiles pasaron limpiamente a través.

Luego comenzó el asedio aéreo a Malvinas. El 30 de abril se iniciaron los ataques a los aeropuertos de Puerto Stanley (Puerto Argentino) y Goose Green. El primero nunca fue destruido totalmente y hasta la última noche de conflicto, los aviones de transporte Hércules C130 de la Armada argentina aterrizaron allí, burlando sistemáticamente el bloqueo británico.

EL HUNDIMIENTO DEL CRUCERO ARA GENERAL BELGRANO
Lo sucedido con este barco fue el más triste y trágico episodio de los muchos que hubo en esta guerra insensata. Inglaterra había decretado una "zona de exclusión" de doscientas millas náuticas alrededor del archipiélago, en la que cualquier navío o aeronave argentino que se encontrase sería atacado. El viejo crucero ARA General Belgrano (segundo en tamano de la flota argentina) y dos escoltas navegaban alejados de esa zona cuando fueron avistados por el submarino nuclear HMS Conqueror que, en realidad, trataba de encontrar al portaaviones argentino 25 de mayo.
El 2 de mayo, en un mar gélido (temperatura ambiente de 10 ° bajo cero y vientos de 120 km por hora), el gobierno de Margaret Thatcher ordenó al comandante del Conqueror torpedear el crucero con 1.093 tripulantes. El barco fue atravesado por dos torpedos y se hundió, costando la vida de 323 marinos, la mayoría jóvenes reclutas.
No obstante la celebración de este acontecimiento en Gran Bretana, no cayó bien a nivel internacional y se lo consideró un uso desproporcionado de la fuerza sobre un buque obsoleto, con mucha tripulación a bordo y fuera de la zona de exclusión. Hay posturas en la actualidad que consideran al hundimiento del Belgrano como un crimen de guerra y reclaman acciones legales.

LA GUERRA TOMA OTROS RUMBOS: LOS EXOCET
La flota argentina, posiblemente sabiéndose ineficaces ante la tremenda desproporción de fuerzas, volvió a sus bases y allí se quedó. La responsabilidad pasó a la Fuerza Aérea, que fue la que tuvo el comportamiento más destacado en el conflicto y realizó proezas increíbles con su material.
Contaban con refinadísimos misiles de fabricación francesa Exocet, recién adquiridos pero, por el embargo de la NATO contra Argentina, carecían de soporte técnico: no se sabía cómo usarlos. Pero había manuales, y mucho ingenio; aún así, cuando se instalaron en los aviones que debían lanzarlos, no se tenía la certeza de que funcionaran.
La primera experiencia fue cuando dos aviones argentinos que en realidad buscaban el portaaviones Hermes, volando sobre la cresta de las olas para no ser descubiertos por los radares, divisaron un destructor y una fragata de la formación de apoyo y lanzan sus misiles a unos 50 km del blanco, logrando uno de ellos impactar de lleno en el destructor HMS Sheffield, un barco de sofisticado armamento e instalaciones, el más moderno de la Royal Navy. La explosión mató a 22 hombres e hirió gravemente a otros 24,
Lo que pasó con el segundo Exocet aún hoy en día es tema de controversia.
A pesar de ser socorrido inmediatamente, el Sheffield se hundió, y esa noticia constituyó un shock para el gobierno y el pueblo inglés y un motivo de enardecimiento de las pasiones en Argentina.
Este suceso cambió el enfoque que Inglaterra hasta ese momento estaba teniendo del desarrollo de esta guerra no declarada, y sirvió además para que la opinión pública mundial presenciara la realidad de un combate aeronaval moderno, con misiles.

Los ataques con Exocet
Para Inglaterra, los Exocet se convirtieron en una pesadilla e intentaron todo para destruirlos, inclusive incursiones hacia las bases aéreas en territorio continental argentino desde el sur de Chile (operación Mikado), con anuencia del gobierno de Pinochet y el inmenso riesgo de extender el conflicto. El presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, había advertido a Margaret Thatcher muy especialmente del peligro que implicaba este tipo de agresión, pero la "Dama de hierro" se mantuvo imperturbable en su posición. No obstante, los intentos de los comandos ingleses fueron desbaratados por Argentina que los descubrió en sus radares, y se suspendió la insensata operación.

LA GUERRA RECRUDECE
Lo que hasta ese momento había sido casi un "paseo marítimo" para el Reino Unido pasó repentinamente a constituirse en una verdadera crisis. Numerosos barcos zarparon hacia el Atlántico Sur para reforzar la flota que ya se encontraba en Malvinas y preparar el desembarco previsto. La posibilidad de un cese de hostilidades se alejaba cada vez más, a pesar de los intentos de Naciones Unidas, Estados Unidos, el Vaticano y otros mediadores.
Ese incremento en las hostilidades no sólo se notó en nuevas incursiones e incidentes, sino que hasta hubo notorios casos de ataques a embarcaciones de salvamento argentinas, donde el derecho internacional fue dejado de lado.
Argentina, cuya Fuerza Aérea lleva la responsabilidad de la guerra, pierde cada día aviones de combate; aún así, logra sacar de servicio al HMS Glasgow. Los bombardeos costeros anuncian la inminente invasión.
Las tropas argentinas eran numerosas en las islas, pero con una inmensa debilidad: en su mayoría se trataba de reclutas, jóvenes que cumplían el servicio militar obligatorio entonces y con escasísima instrucción militar. Las provisiones llegaban irregularmente debido al bloqueo (a pesar de que los Hércules C130 continuaron noche a noche aterrizando en condiciones mínimas de seguridad), las comunicaciones con el continente estaban cortadas y las bajas temperaturas de un clima inhóspito no aportaban méritos para elevar la moral. Además, hubo serias denuncias sobre el comportamiento de suboficiales y oficiales que recurrieron a prácticas de crueldad y terror impropias con la tropa, como las "estaqueadas" (atar a un soldado de brazos y piernas a cuatro estacas clavadas en la tierra y dejarlo permanecer así varias horas, con temperaturas gélidas), enterrarlos hasta el cuello, etc.)
A ellos se enfrentaba una fuerza profesional con refinados medios tecnológicos, armamento moderno y lanzados al conflicto con la precisión de la máquina de guerra que un país como Inglaterra puede poner en marcha. Pero les quedaba aún un largo y arduo camino hasta Puerto Stanley.
El 21 de mayo los británicos logran desembarcar en el estrecho de San Carlos, pero entonces comenzó un furioso contraataque aéreo argentino que duró horas. La batalla se saldó con 12 pilotos argentinos muertos, 14 aviones perdidos y un helicóptero; del lado inglés, las pavorosas pérdidas fueron de al menos 29 muertos, numerosos heridos, la fragata HMS Ardent hundida, la Argonaut severamente dañada, daños considerables en el destructor HMS Antrim y en las fragatas HMS Brilliant, HMS Broadsword y HMS Alacrity y dos aviones abatidos.
Finalmente, los ingleses, recurriendo a su enorme potencial bélico, pudieron desembarcar sus unidades, pero el coste de la operación les había resultado inmenso en pérdidas humanas y material.
Los días siguientes continuaron casi con igual intensidad los combates aeronavales; como balance de estas batallas, quedaron al menos 10 pilotos argentinos muertos y 12 aviones perdidos, y del lado inglés resultaron al menos 62 muertos, numerosos heridos y fueron hundidos el destructor HMS Coventry y la fragata HMS Antelope, destruidos el buque portacontenedores Atlantic Conveyor y su carga de diez helicópteros, seriamente dañada la fragata HMS Broadsword y su helicóptero destruido, y averiados los barcos de desembarco Sir Lancelot y Sir Galahad.
Otra vez los Exocet fueron fatales para la Royal Navy. La guerra se estaba tornando peligrosa para Inglaterra y Margaret Thatcher necesitaba resultados positivos.

GOOSE GREEN (Pradera del Ganso): LA BATALLA EN LAS ISLAS
A pesar del tremendo esfuerzo y pérdida en vidas humanas y material que había sufrido Inglaterra, se había podido instalar en tierra; ahora, era necesario estrechar el círculo en el que se encontraban las tropas argentinas, alrededor de Puerto Stanley. Para ello, se ideó una acción que les impidiese su desplazamiento.
El 28 de mayo en Goose Green, se enfrentaron ambos países en la primera batalla terrestre de Malvinas: unos 700 soldados argentinos al mando del teniente coronel Italo Piaggi, contra unos 600 comandos paracaidistas bajo el mando del teniente coronel Herbert Jones. Mientras tanto, una compañía inglesa había seguido rumbo a Darwin, hacia el sur, donde se encontró con una sección del Regimiento de Infantería 25. Los argentinos pudieron detener el avance, pero allí murió su comandante, el teniente Roberto Estévez.
En Goose Green, al intentar tomar por asalto una trinchera argentina, murió también el comandante del 2° Batallón de Paracaidistas, el teniente coronel Herbert Jones. Este oficial fue el militar inglés de mayor rango muerto en la guerra de Malvinas, y fue condecorado post-morten con la Cruz de la Victoria (Victory Cross).
La lucha que siguió fue encarnizada; al anochecer, el comandante inglés que suplantó a Jones, Keeble, ofreció la rendición a Piaggi, que aceptó dada la desproporción de las fuerzas. Los ingleses lograron Goose Green después de 14 horas de combate: para ambos lados, se saldó con un coste elevadísimo en vidas humanas. Inglaterra perdió 17 hombres, tuvo 64 heridos y perdió dos aviones y un helicóptero; Argentina contó con aproximadamente 50 muertos, unos 120 heridos y fueron tomados prisioneros 1083 efectivos, además de perder abundante material y 4 aviones.
Los ingleses habían puesto ya un seguro pie en las islas, pero les quedaba un largo camino hasta Puerto Stanley que debían recorrer a pie por helados parajes ya que no contaban más con los helicópteros destinados al transporte de tropas, que habían sido destruidos en el buque Atlantic Conveyor.
Los prisioneros argentinos fueron repatriados vía Montevideo.

LA ETAPA FINAL
Los días siguientes hubo escaramuzas, ataques aéreos y combates, en medio de un clima hostil, frío y ventoso; el día 30 la aviación argentina realizó una operación, quizás la más importante de la guerra, tratando de localizar a los portaaviones. Para ello, contaban con el último Exocet disponible. El saldo de la operación es, hasta la actualidad, dudoso, pues los ingleses se escudaron en densas capas de humo para evitar ser vistos y protegerse.
Los ataques ingleses hostigaban permanentemente a las tropas argentinas que estaban exhaustas, sin provisiones y cada vez más cercadas. El frío y el mal tiempo era quizás el peor enemigo para soportar el intenso cañoneo mientras sólo podían estar semisumergidos en el barro de las trincheras.
El 8 de junio, la Fuerza Aérea argentina atacó las naves de aprovisionamiento Sir Galahad y Sir Tristam; murieron 51 hombres y resultaron 150 heridos con espantosas quemaduras; también fue atacada la fragata HMS Plymouth, a la que provocaron un grave incendio y se hundió la lancha de desembarco Foxtrot 6, muriendo sus seis tripulantes.


Aviones argentinos
MONTE LONGDON, DONDE EL HORROR LLEGÓ AL LÍMITE (12 de junio)
Se considera la batalla de Mount Longdon como posiblemente la más sangrienta de Malvinas; está poblada de anécdotas personales y episodios que aún hoy no han sido aclarados. Allí se peleó a bayoneta calada. La resistencia argentina fue encarnizada, las pérdidas en vidas humanas y material, por ambas partes, trágicas. Aquí también se produjeron las únicas tres víctimas civiles de Malvinas: tres mujeres cuya casa resultó alcanzada -irónicamente- por un obús británico.
Algunos autores (Viaje al infierno, 1993, del ex paracaidista británico Vincent Bramley - Malvinas: ¿y ahora qué? Julia Solana Pacheco) han denunciado que hubo fusilamientos de argentinos a manos de soldados británicos en Mount Longdon.

"El asalto final británico fue demorado ante la desesperada y enérgica defensa, pero cuando finalmente se decide avanzar, no encuentran más resistencia. Es el resultado de cuatro días de operaciones psicológicas ejecutadas por el coronel Mike Rose, del SAS, y el capitán Rod Bell, hispanohablante. Llevan desde el día 10 hablando con el comandante argentino, general Menéndez, por radio, ganándose su confianza e instándole a la rendición «con dignidad y honor».
El 2 PARA entra en el extrarradio de Puerto Argentino con sus boinas en vez de los cascos de combate y ondeando banderas británicas. A las 23, el comandante de las fuerzas británicas Jeremy Moore llega en helicóptero a Puerto Argentino y se entrevista con Menéndez. Cuando el primero muestra al segundo los documentos de rendición, Menéndez tacha de inmediato la palabra «incondicional». No era eso lo pactado durante las conversaciones radiales secretas de los días anteriores. Tras un breve tira y afloja, el general Mario Benjamín Menéndez rinde las islas Malvinas al general Jeremy J. Moore a las 23:59 del 14 de junio. Los 8.000 soldados argentinos son desarmados y concentrados en el aeropuerto en calidad de prisioneros de guerra.
El día 15 de junio de 1982, la bandera colonial británica es izada de nuevo en el edificio de la gobernación de las islas Malvinas."


(Texto de Wikipedia)

El invierno austral arrecia. Hace mucho frío. Volverían pronto a casa, pero la vida ya no sería nunca más como antes. Para ellos, Malvinas quedaría para siempre en la mente y en el corazón.

"Esa noche hubo una gran manifestación en Buenos Aires exigiendo la no rendición; no es posible inflamar a una sociedad como lo hizo la Junta y luego pretender que no reaccione. Galtieri ha prohibido a Menéndez que se rinda. Desde el continente, la maltrecha Fuerza Aérea Argentina aún intenta asestar sus postreros golpes. Hay un último plan peruano de paz en marcha.
Cuando las noticias llegan a Buenos Aires, se produce una importante manifestación de rabia popular que es reprimida por la Junta, perdiendo así el poco apoyo que les quedaba entre la población sensible a su discurso nacionalista y patriótico. A lo largo del día 15, el resto de unidades argentinas presentes en el archipiélago entregan sus armas.
Todos los prisioneros son repatriados durante el mes siguiente. La bandera de Su Majestad ondea de nuevo sobre los tres archipiélagos. Más de mil hombres valientes yacen bajo las gélidas aguas y por los riscos congelados, hermanos al fin en la muerte. Como en todas las guerras..."


(texto de Wikipedia)



LOS EXOCET
La carencia de munición y medios ofensivos adecuados era crítica, y el ingenio debió suplir su falta: en el más absoluto secreto, los argentinos montaron un misil Exocet sobre una precaria construcción terrestre y desarrollaron durante semanas la ingeniería necesaria para hacerlo operativo. El sistema fue llamado humorísticamente "ITB", sigla de "Instalación de Tiro Berreta" («berreta» significa en lenguaje popular «de mala calidad»). A las 3:00 del 12 de junio un reducido grupo liderado por el entonces capitán de fragata Julio M. Pérez logró dispararlo con resultado eficaz. A bordo del destructor misilístico clase County HMS Glamorgan, el oficial de navegación Ian Inskip detecta el misil en trayectoria y ordena lanzar contramedidas y virar el buque intentando ofrecer la popa. El misil alcanza al buque por la banda de babor en el hangar de helicópteros, destruyendo al helicóptero Wessex, matando a trece hombres y provocando un fuerte incendio. Rengueante y echando humo, el destructor se aleja. Sobrevivirá, pero la guerra acabó para él.
Un sentimiento muy parecido a la histeria recorre al almirantazgo inglés. Si la aviación argentina ha conseguido más misiles Exocet, entonces la situación actual de toda la flota es muy peligrosa y lo que ya parece una inminente victoria puede tornarse en un nuevo desastre. Londres mueve todos los hilos posibles para saber de dónde ha salido ese misil, pero nadie parece saber nada.
En realidad, la aviación argentina no ha conseguido ningún nuevo misil. Tampoco es el primer Exocet que se dispara contra un buque británico desde Isla Soledad (el primero falló sin ser detectado). Resulta que aunque la flota argentina esté anclada en puerto, sus preciosos lanzamisiles superficie-superficie no tienen por qué quedarse allí. Modificar un Exocet MM38 superficie-superficie para convertirlo en un AM39 aire-superficie estaba más allá del alcance de los ingenieros argentinos, pero no así el desmontar un conjunto de lanzadores del destructor ARA (D-25) "Seguí" junto con su sistema de guía, aerotransportarlo sobre remolques a las Malvinas, ponerlo en funcionamiento y accionarlo dando en el blanco, todo con un mínimo margen para el error. Se trata de una aplicación improvisada de esta arma letal; sin embargo, al segundo disparo efectivo (de 3 intentos totales, uno de los cuales no obtuvo lanzamiento y el otro se perdió sin acertar blanco) lograron inutilizar al HMS Glamorgan en una acción inédita e histórica.
Después de la guerra el Reino Unido, habiendo capturado y estudiado el ingenioso dispositivo, retomaría la idea para comercializarlo como «sistema de defensa costera Excalibur».

(texto de Wikipedia)


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