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Escritores y Libros
Mujeres de la Literatura Latinoamericana: Teresa de la ParraVenezuela ocupa con Teresa de la Parra, una notable escritora, la primera fila en la literatura latinoamericana
Dora Stürber
Teresa de la Parra fue el seudónimo que adoptó para sus obras Ana Teresa Parra Sanojo, nacida fortuitamente en París el 5 de octubre de 1889 en el seno de una extensa familia venezolana de abolengo social y prosapia intelectual. Su padre, Rafael Parra Hernaíz, era, en ese entonces, cónsul venezolano en Berlín.
Cuando contaba dos años de edad, Teresa y su familia regresaron a Venezuela; allí trascurrió su infancia en El Tazón, la aristocrática hacienda familiar situada en los alrededores de Caracas, dedicada a producir caña de azúcar, y en el hogar caraqueño. Seis años después, al morir el padre, su madre y su abuela decidieron retornar a Europa para educar a sus hijos y nietos (eran seis hermanos), y se afincaron en España. Teresa ingresó al Colegio de las Damas del Sagrado Corazón, en Valencia, donde hizo sus estudios. Luego de una breve permanencia en París, a los dieciocho años regresa a Venezuela. En Caracas, según sus propias palabras, “entró al mundo” por primera vez. La sociedad la recibió con cariño e inquietud: ella era una mujercita bella, viva, aristocrática, elegante, moderna, un poquito atrevida en sus ideas...
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Teresa había estudiado en el convento en España bajo el sobrio rigor de una disciplina católica y severa, había captado en París el halo sutil de la frivolidad y regresó a Caracas en un momento de transición social, entre las tradiciones de un pasado rancio y señorial y las ansias de cambio del nuevo siglo XX que despuntaba materialista, frívolo y superficial: hasta las ideas feministas se abrían firmemente paso. En su casa, en la apacibilidad del hogar, un tanto aburrido para su espíritu inquieto, se consagró vorazmente a la lectura, sobre todo volcándose a las obras de novelistas modernos. Allí comienza a sentir “que el tiempo le sobraba de una manera horrible”. Se aburre en su propia patria porque siente que la mujer no tiene igualdad de derechos, que no ha surgido aún a la vida universitaria, que el papel que la sociedad le reserva sigue siendo siempre el mismo.
Su escape es escribir. En 1921 comienza a revelarse su obra literaria, que resultaría una de las más exquisitas en lengua española. Con el seudónimo de Fru-Fru publica en periódicos distintos artículos y crónicas (revista Actualidades, dirigida por Rómulo Gallegos –escritor, intelectual de nota, presidente de la República en 1948-), con notoria buena acogida por parte de los lectores. Estimulada por estos éxitos, comienza a escribir la obra que la haría definitivamente famosa: su Diario de una señorita que escribía porque se fastidiaba; este trabajo obtuvo el Premio Anual de la Casa Editora Franco-Iberoamericana, que le reportó la edición de su obra en 1924 en París y 10.000 francos. Fue una de las primeras escritoras latinoamericanas premiadas en Europa. El libro se conoció bajo el título de Ifigenia y la consagró internacionalmente. Ese primer libro ya lo escribió con su seudónimo definitivo, Teresa de la Parra. El nombre Teresa provenía directamente de una serie de mujeres así llamadas en su familia, comenzando con su tatarabuela Teresa Jerez de Astigueta, célebre por su belleza, una de las “nueve musas” caraqueñas, prima del libertador Simón Bolívar y madre del general Carlos Soublette, héroe venezolano. Así, cambiando sólo un poco su propio nombre, utilizó el pseudónimo como un antifaz con el que se ocultó a medias y con el que quedó inmortalizada. Teresa misma relata las deliciosas historias de sus hermosas e ilustres antecesoras, damas que durante la Independencia “se divirtieron muchísimo porque los maridos andaban por un lado y las mujeres por otro”.
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Diario de una señorita que escribía porque se fastidiaba
Ifigenia fue la primera gran novela venezolana que marca la madurez del género en las letras del país: fue escrita al terminar la Primera Guerra Mundial. Diario de una señorita que escribía porque se fastidiaba es el subtítulo que despliega el alma de las jóvenes de la posguerra, dejando transparentar la angustia e inconformidad de la mujer que despierta a un nuevo mundo de responsabilidades. Ifigenia es un relato “autobiográfico”, ya que la autora se refleja en la protagonista, en un contexto social e histórico muy definido como era la Venezuela del año 1924, pero la obra es esencialmente un retrato de mujer, pero un retrato ejecutado con tal capacidad de penetración psicológica que, al presentar al lector el alma de una mujer perfectamente individualizada, revela en general el alma femenina.
El libro está escrito con deliciosa frecura, con tipos y situaciones reflejados con amor. Su personaje de la obra, María Eugenia Alonso, escribe en su diario: “El pensar y tener iniciativa no está bien visto en una señorita decente”, y ella ve cómo ser una mujer inteligente es prácticamente un pecado, cuando toda la sociedad pesa en su contra y le pide que se calle, que se case, que se someta...
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Feminismo en su obra
Hablar de feminismo en la obra de Teresa de la Parra sería limitar y reducir lo que en realidad es un humanismo con expresión femenina. Ella personalmente era profundamente feminista. Desdeñaba la “virilidad” de la que tanto se ufanaban otras escritoras de la época. Su ideal era ver, sentir, obrar y escribir como mujer, pero sus relatos lejos están de ser sensibleros, románticos o fantaseosos. A sus ojos, las cosas adquieren un sentido lleno de gracia y belleza. No aceptó la vulgaridad en ninguna de sus formas. Era una mujer elegante que amaba el placer de andar despacio y sosegadamente. Se dijo de ella que “quiso que su vida tuviese siempre el ritmo de un vals”. A pesar de su amor por el movimiento y el juego, desdeñaba el caos y el afán de llegar, “el más terrible azote con que nos mortifica a todos la civilización”. Aspiraba a menudo a vivir reclinada en un diván mullido y profundo, en un cuartito retirado, silencioso y confidencial, donde hubiera “torres y montañas y cordilleras de libros” que leer y pudiera contemplar la vida en callado aislamiento.
Teresa quedó impresionada por la posición social de la mujer en la Caracas de entonces, por otra parte tan semejante en casi todas las ciudades importantes de América latina. Ella vio la tragedia silenciosa de muchas mujeres que, atraídas por la modernidad -aprendida en los viajes o en los libros- vivían bajo el yugo de tantos prejuicios sociales, religiosos y políticos, sin poder liberarse de ellos por completo. Esta tragedia despertó en su alma romántica el deseo y la necesidad de escribir.
Su posición feminista no compartía, sin embargo, la actividad de los movimientos sufragistas ni cuestionaba el orden político ni socio-económico. Propugnaba que la mujer pudiese acceder por su estudio y formación a gozar de una vida intelectual independiente y libre, en el estilo de Sor Juana Inés de la Cruz.
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 Portada de Ifigenia, editada en París. |
Sus viajes
En 1923, después de pasar algunos años en Venezuela, regresó a Europa; se instaló en París y allí presidió uno de los centros intelectuales donde se reunían a menudo escritores y poetas latinoamericanos. Y comenzó a viajar... Nunca gustó de la vida estática. Sus viajes son continuos: Francia, Suiza, Italia, España, Cuba, Panamá, Colombia. En Francia se consagra con su Ifigenia; en Italia es peregrina por los caminos de San Francisco; en España trata de descubrir lo hondo y no la superficie del carácter español; en Cuba, representando a Venezuela en la Conferencia Interamericana de Periodistas, en 1927, alcanza un notable éxito con una conferencia sobre “La influencia oculta de las mujeres en la Independencia del continente y en la vida de Bolívar”; allí también conoce a la escritora cubana Lydia Cabrera, con quien inició una estrecha amistad que se prolongaría hasta su muerte. Pero es en Colombia donde más se la admiró y comprendió. Allí fue recibida con los brazos abiertos: agasajada como una actriz famosa, como una princesa o, como después diría un escritor colombiano, “como un caudillo”. Tres mil personas la esperaban cuando bajó del tren en Bogotá, como una modelo de París. Los títulos de los diarios la llamaban “elegante, fulgurante, alucinante”. En Bogotá brindó tres conferencias sobre el tema “La importancia de la mujer durante la Colonia y la Independencia”, en los que recalcó sus puntos de vista sobre el valor histórico y humano de esos períodos.
En sus conferencias quiso además mostrar su visión del feminismo, que ya movía muchas conciencias en las mujeres de aquellos días; quiso llamar la atención en torno al necesario cambio. “La crisis por la que atraviesan hoy las mujeres no se cura predicando sumisión”, dijo: “...debe ser libre ante sí misma, consciente de los peligros y de las responsabilidades, útil a la sociedad, aunque no sea madre de familia, e independiente pecuniariamente por su trabajo y su colaboración junto al hombre, ni dueño, ni enemigo, ni candidato explotable, sino compañero y amigo”.
En los intervalos de sus viajes escribe cartas a entrañables amigos, como por ejemplo la escritora chilena Gabriela Mistral (premio Nobel de Literatura 1945, nacida como ella en 1889), cartas de un exquisita dulzura, fina ironía y cierta filosófica melancolía, reflejos todos ellos de su actividad creadora que, contradictoriamente, parecía sumirla a veces en largos períodos de ocio intelectual, de quietud aburrida y sombría.
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Memorias de Mamá Blanca
Si bien Ifigenia es una obra admirable, para muchos su consagración total llegó con Las memorias de Mamá Blanca, escrita en Europa durante una auto-reclusión en Vevey, Suiza, que se impuso para terminar la obra (entonces dijo “vivo como una monja escribiendo”): Son éstas las memorias de una jovial anciana que cuenta sus travesuras infantiles cuando era simplemente Blanca Nieves. Teresa de la Parra conoció casualmente a esa venerable anciana, con la que no estaba ligada por ningún lazo de parentesco pero sí por misteriosas afinidades espirituales.
Como una charla entre personas cultas y discretas, en noche de invierno y al calor del hogar, Teresa presenta en sus Memorias... situaciones y personajes muy criollos, que dejan de serlo para hacerse universales, en un lenguaje puro, castizo, rico. En las Memorias... se revela una autora más madura que en Ifigenia, con un refinamiento de su proverbial ironía y más agudo sentido de observación y sobriedad. Si en Ifigenia cautiva la soltura del lenguaje, en las Memorias... encanta el colorido delas descripciones.
Teresa de la Parra era una mujer cuya pulcritud física, espiritual y artística fue el resultado de la herencia, el amor y la cultura. Como Sor Juana Inés de la Cruz siglos pasados, fue una persona de ideales definidos y excelsos, una artista de casta superior y de aspiraciones claras y fecundas; sabia, sutil, inteligente, encantadora como mujer y como artista, dotada de un fino sentido crítico y gran poder de observación; no era ni frívola ni austera y su personalidad y su obra estaban impregnadas por una fina ironía. Fue, por sobre todas las cosas, original; española por sangre, tradición y educación, se había criado en los trópicos y tenía de ellos la dulce languidez y la claridad. Su espíritu se formó en contacto con una naturaleza rica, fresca, exuberante.
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Críticas
En Caracas los comentarios le fueron adversos; no faltó quien la acusara de ser un ejemplo pernicioso para las jóvenes con sus conceptos libremente expresados sobre la vida. Ella los refutó con estas palabras: “No creo que Diario... sea tan perjudical a las niñas de nuestra época por la sencilla razón que no hace sino reflejarlas... ”
¿Cómo era físicamente la venezolana más famosa de la época? Ella, educada en Europa, había conservado de Venezuela la gracia y el acento. De Teresa dijo Juan Ramón Jiménez: “ Vino una mañana toda envuelta en pieles, con una tibieza y aroma retenido de los Campos Elíseos, la ojera sombreándole las pupilas azules, verdes, grises...”
Ella misma calificó a su feminismo de moderado “porque los nuevos derechos la mujer los debe adquirir, no por evolución brusca y destructiva, sino por evolución noble que conquista educando”.
Teresa, luego de Mamá Blanca, intentó escribir una obra sobre Bolívar, con detalles íntimos que no habían sido nunca revelados. Pensó que una biografía sobre el Libertador, por otra parte, antecesor suyo, sería la mejor novela que pudiera hacerse; aspiró a hacer una biografía diferente, ingeniosa, que se ocupara más del amante que del héroe. Hubiese quizás sido su mejor obra, pero el destino dispuso las cosas de otro modo.
En abril de 1932 fue hospitalizada por una tuberculosis, de la que nunca más se repondría. A fines de 1935, buscando el sol y un refugio más alegre, decide irse a España. En Barcelona se encuentra con su amiga Gabriela Mistral que escribió de ella y su estado de salud: “padecía con una dignidad sobrenatural, con algo así como una cortesía hacia la enfermedad”. Su crítico estado de salud la llevó a buscar la perfección espiritual a través de lecturas budistas y orientales.
En la madrugada del 23 de abril de 1936, Teresa sintió mucho frío. Su dilecta amiga cubana Lydia Cabrera, que se hallaba a su lado en esos momentos, le preguntó si quería tomar una tacita de café; ella le contestó:“Yo comeré un poquito de tierra”. Así murió en Madrid, a los 46 años. Su madre y su hermana María también se hallaban a su lado.
Teresa de la Parra fue la figura femenina más importante de las letras venezolanas: en el país, llevan su nombre escuelas, teatros, monumentos, premios literarios; su obra fue breve, pero se la reconoce como el mejor reflejo de la sociedad venezolana de la época.
Sus cenizas fueron llevadas a Caracas trece años más tarde, en 1947, y depositadas en el Cementerio General del Sur. Al cumplirse el centenario de su nacimiento, en 1989, se trasladaron al Panteón Nacional.
En su monumento funerario, un libro abierto simboliza el libro inconcluso sobre Bolívar.
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