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Archivo: CLAROSCURO** ESTE VALLE DE CALDAS (vecino del Valle del Cauca)


9 de Septiembre de 2010

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    CLAROSCURO** ESTE VALLE DE CALDAS (vecino del Valle del Cauca)

    Hacer algo urgente para conservar lo poco que nos queda
    Serjio Villarroel
Este Valle del viejo Caldas tan lejano ayer, en la realidad de mi poblado, del sur del mundo. Que extraje en algún lejano día de mis lecturas de “La Vorágine”, de José Eustavio Rivera, o esa hermosa carta de amor y protesta social que es “María”, de Jorge Isaacs, y más tarde esos “Cien años de soledad”, de García Márquez, y ahora, aquí en Pereira, Colombia, en casa de mis amigos del alma Martha y Michael, que son dulces y prontos como una gota de agua y furibundos a veces, como un huracán. Ahora, tan cerca de estos paisajes depositados en la memoria de mi fantasía. De esas ventanas abiertas entre las verdes hojas de viejos libros, que hoy puedo tocar con mis manos, que me abrieron ese abanico de selva verde vegetal y rojo humano. Con tanto amor a flor de piel. Tanta violencia agazapada debajo de una mirada irónica o de un bigote gris. Este ron que te lleva a kilómetros de la Tierra, con algunas copas. Esa maravilla de un mes, depositado con algunas pasas en un barril de roble, que nos obsequió Carlos Arboleda, ese tremendo hombre fugado de las calles de Macondo, pero que vive en Manizales, sonriente, rodeado de miles de boleros y libros.
Ese sexo que está a flor de labios y en los cuerpos de las hermosas mujeres, que te muestra la redondez extravagante de la Tierra en sus pechos y sentaderas. Sin contar los “periquillos” aspirados hasta quemarse la yema de los dedos por las muchachas y muchachos universitarios y los otros no tan ilustrados, los que siempre están con ganas de “tirar toda la carne a la parrilla” hoy, ahora mismo, porque un segundo más y ya será pasado, en las laderas del río Consotá del Salado, rodeado de esos increíbles y bellos guaduales, pasto de otro mundo: verdes, amarillos y eróticos.

Es ese odio contenido y el resentimiento social acumulado por siglos, producto de la explotación descontrolada y animal hecha por los señoritos, capataces y dueños de los antiguos cafetales y bananales , a punto de explotar en cualquier momento por cuentas viejas o nuevas, o sólo por una leve fisura de una mirada o una deuda de apenas unos pesos. Aquí las deudas no pagadas con valores comerciales se pagan con sangre. Lo que no es más que amor acumulado y hambre de justicia y de pan y besos. Porque los besos son dulces como las uvas y cuando el amor llega, ya nada más te duele, ya nada más te falta, la tierra esta demás bajo tus plantas y cuando no lo tienes los cielos se oscurecen, aunque te encandile la luz, cuando no lo compartes, ni sufres, ni lo gozas, no somos nada y la vida vale un carajo.

Bosque de bambusa guadua
Es esta tierra verde llena de guaduales, éste, el pasto más grande del mundo, con el que se pueden hacer muebles, casas, puentes. Esos enormes cafetales rodeados de bananos y plátanos, esa lujuria del oro y de la droga. Es ese sol que calienta, pero no quema y más tarde, para ser exacto a mediodía, cuando muchos hacen la siesta y/o el amor, esas ricas pausas con velador y besos, en el “Triángulo de las Bermúdez”, así llamado esa hilera de moteles que queda a la salida de la ciudad, yendo vía Armenia, otra ciudad Macondo, donde los autos desaparecen al doblar la cuesta. Decía que entre las doce y las dos de la tarde llueve. Viene la lluvia urgente a regar con fuerzas todas las tierras y cerros del llano y valles del viejo Callas. Regalo de los dioses, que en muchas partes del mundo darían cualquier cosa por tener.

Ubicación de la zona en el mapa de Colombia

Construcción con guadua
Son sus “chivas” coquetas, saltonas y airadas, viejos camiones adaptados con asientos de madera, pintados con guirnaldas multicolores, y la virgen milagrosa pegada al frente del chofer o esta frase:

“Doy gracias a Dios por madrugar a trabajar
y no por madrugar a buscar trabajo”


Con esa humana y brutal frase acompañada de un triste, sereno y serio Cristo, pero no bondadoso, al que le pide en otro idioma , que ni siquiera comprende:

“Volto santo di Jesu Protegimi”

Él, figura sacrosanta de otro mundo, que nosotros los humanos y creyentes lo ponemos en todas partes, en las buenas y en las malas, pero que él parece no estar en ninguna, pero metido en nuestro pensamiento, su figura y obra, hasta la hora ficticia, sólo fe y pura fe, especialmente en nuestras clases desposeídas y también en las otras. Él, que es como un padre que nos obliga, ordena y amenaza si no cumplimos con sus mandamientos, poco o nada puede hacer con esta nueva terrible lacra del desempleo, que nos baja la autoestima, nos rompe las familias, nos aleja los amigos y a veces los amores.

Decía de estos singulares y simpáticos medios de transporte con dos puertas al lado derecho, con ventanas, pero sin vidrios, así nomás, para mezclarse con la verde vegetación, salpicarte con la lluvia o ver el azul del cielo. Apretados, humanamente juntos a punto de todo, incluso de poder tocar las caderas o los hombros de las bellas y bien formadas muchachas, la que no se molestarán, sino te saludarán con una sonrisa llena de blancos dientes, mientras el cobrador se paseará como un mono colgándose de los costados por fuera, para cobrarte el pasaje y contar cuántos somos, a ver si se puede descontar algún pasaje para su beneficio.
Allí, en medio de esa agitada vida, de ese subdesarrollo realista, las cosas tienen vida propia, donde parece que el alma está a flor de piel y la vida misma dormida, pero con los ojos así tan abiertos, allí “la gente humilde cree en la realidad; una nevera es para la publicidad y para la opulencia un símbolo insignificante, pero para una persona humilde es un objeto real y es también un ícono. Por eso los sicarios de Colombia pueden arriesgar su vida por conseguir ese objeto que, en cambio, significa poca cosa para muchos que lo poseen. Es preciso recordar que nuestra violencia gira en torno a la tierra y a las cosas” nos dice Willian Ospina en un folleto impreso en la Universidad Tecnológica de Pereira, titulado “Colombia en el planeta” (página 18), y agrega: “Es preciso recordar que vivimos en un sociedad mercantil que predica todos los días sus paradigmas de opulencia y consumo, pero en la cual los productos son inalcanzables...”

Todo parece estar tan lejos y tan cerca, la vida misma y “El Dorado” que no debe estar muy lejos. Quién sabe si algunos años atrás fue “El Salado”, esos pozos maravillosos descubiertos primero por los animales en las laderas del Consotá (unos de los tantos ríos claros, lleno de inmensas piedras, de la ciudad de Pereira) más tarde por los hombres cazadores de ellos, que junto a los primeros alfareros empezaron a explotar por siglos la cristalina sal, que era oro y petróleo de esos tiempos, y hoy, en estos años más recientes aún, como venido de otro planeta, llegó el Dr. Tistl, ese alemán con cara y alma de niño bueno, enviado desde su patria por la Deutsche Gesellschaft für Technische Zusammenarbeit (GTZ), quien en cada piedra recogida de la tierra ve el pasado y el futuro. Juntó rápido a ingenieros, arqueólogos, decanos, estudiantes y empleados de la naciente Universidad Tecnológica de Pereira, hoy transformada en un bullicioso y poderoso centro intelectual, científico y de arte, con casi diez mil estudiantes. Una juventud que ruge como motores nuevos, y sin pensarlo muchas veces, o pensándolo mucho, pero rápido, midiendo y proyectando a futuro, y con ese simpático:“!hágale, hágale!” lanzó el proyecto de recuperación del Salado como centro de estudios de la cultura de los antiguos habitantes Quimbayas, esos tremendos ceramistas y joyeros de la región de la vieja Caldas, vecinos del Valle del Cauca, como un proyecto de cultura y turismo activo, donde aparte de mostrar los hornos donde nuestros antepasados más a la mano cristalizaban la sal, su exhuberante y variada vegetación, mina de cobre y algunos yacimientos de oro ya explotados y todas las artesanías de la zona, abrirá para todos los pereiranos otro nicho de desarrollo económico, cultural y científico, y para el resto del mudo un hermoso lugar donde aprenderán in situ cómo vivían y trabajaban la piedra, la cerámica, y cómo le extraían la sal al agua en sus hornos, depositada en hermosas vajillas de arcilla roja, cristalizándola.
Llueve en Pereira y parece que el mundo se está lavando la cara y el corazón se aprieta, y parece que todo se está por hacer, los verdes prados ondulados y el olor a guayabas, a papaya, a maracuya te empuja a correr y modelar las arcillas, las que, en especial las del eje cafetero colombiano, son producto de la meteorización de las cenizas volcánicas con las cuales está cubierto todo este Pereira-Macondo.

¡Ay de mí!, que siempre me encuentro con este mundo de contrastes brutales. Este mundo terrible del exilio, donde hay que correr, para salvar lo único y último que va quedando, el cuero y la vida misma, atravesado por la angustia estacionada en la garganta como una espina sádica. Donde hasta el hambre desaparece, no por estar satisfecho, sino por no tener nada con qué satisfacerlo.

De haberlo, lo hay, y las fincas ricas o medio ricas tienen dueños, y allí están los bananos dulces y suaves y los plátanos para freírlos y calmar el hambre con algunos frijoles y arroz. Éste es el terrible mundo de los “desplazados” por las guerrillas y la contra y los paramilitares y el odio y el miedo. Los que tienen que huir a medianoche, con los pequeños hijos en brazos y los otros tomados de las manos o cargados a la espalda. Con el terror rascándole la columna vertebral, encorvada antes de tiempo. Dejando lo poco o nada que tienen. Aquí sólo se trata de vivir en forma miserable o morir igual, gran ironía de la vida. Y más tarde, los que logran ser desplazados o tienen la buena suerte de salvarse, viven en esas mediaguas en las laderas de algún cerro, a la entrada o salida de las ciudades, levantadas con esas maravillosas guaduas, esa caña-pasto gigante que crece hasta 20 centímetros cada veinticuatro horas (sí, lo leyó bien, mi estimado Internauta).

Ellos, los humildes y desamparados de la mano de Dios y de los hombres quieren vivir, quieren multiplicarse, como los panes o el vino. Aquí debe ser el aguardiente o el ron, que se bebe como el agua misma. Y como en todos los casos de los grandes desequilibrios económicos, donde un pequeño grupúsculo de seres lo tienen todo y les chorrea, y los otros tienen que comer basura o simplemente sopa de papel de diario. (Sí, también lo leyó bien, mi estimado lector), esto sucede muy a menudo con los desplazados de la zona rural de Bojayá (Chocó) región al lado del Departamento de Risaralda, y llegan a la ciudad de Pereira a mendigar en las calles. Allí se ven grupos familiares de una madre con dos o tres niños, morenos, flacos, que parecen animalitos asustados, que al verlos, te duele la vida misma, y lo peor es que tú nada puedes hacer, el gobierno los ayuda, pero no mucho, lo que no es por falta de interés, sino por falta de medios.
Algo tenemos que hacer en este nuevo mundo, y es urgente, si queremos conservar lo poco que nos queda.
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NOTA:

BAMBUSA GUADUA
Guadua angustifolia


La guadua es una de las especies del bambú. En America existen alrededor de 290 de estas especies. En Colombia se encuentra en gran parte del eje cafetero del país. Es una madera muy liviana y resistente, de rápido crecimiento y provee conservación para los suelos y los recursos hídricos.

Es una de las maderas con mayor valor económico y se puede emplear de muchas formas, principalmente para la construcción. Su explotación genera ingresos y los guaduales constituyen el hábitat de fauna; pero la triste realidad es que los cultivos de guadua se están agotando debido a la inadecuada explotación y por la ambición de tierras para otros cultivos. A pesar de su importancia se tiene poco aprecio por este recurso que se corta intensivamente y sin ningún control. En Colombia específicamente se han arrasado grandes extensiones de guaduales con el fin de aumentar las áreas de otros cultivos considerados más rentables.

Si la destrucción de la guadua continúa a este ritmo, solo restan unos pocos años para lograr su completa extinción.
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